Sombra de niña

“Todos los adultos fueron al principio niños, 
aunque pocos lo recuerdan”.
El Principito


Cruzo la calle casi corriendo porque el hombrecito en rojo titila como loco. Miro la puerta del local y sonrío, mi amigo espera paciente a que llegue. Entramos y una ráfaga de viento frío congela las gotas de agua que me caen por la espalda. Pedimos las bebidas, bien heladas por favor y salimos a la calle-infierno otra vez. Hace un millón de grados afuera. El sol baja pero el calor sube. Un poco por el clima y otro poco por los humores contaminantes que agitan una semana que se incendia. Está terminando 2013.

Caminamos las cuadras que nos separan del teatro. El otro 50% del equipo de Felizitate!, o sea Nico, vuelve a subirse al escenario para mostrar lo que entrenó durante todo el año. Estoy en el hall, faltan 15 minutos para entrar y me empieza a doler la panza. Veo caras conocidas, saludo, sonrío. El calor me gusta, las gotas en la espalda vuelven a aparecer y la bebida fría se está terminando. Otra cara conocida, más saludos. Sigo sonriendo. Alguien me habla pero mi mente se cuelga en una idea. Sé lo que está pasando del otro lado de la pared, pasillo al fondo. Pienso en Nico, pienso en todo el grupo. Seguramente están terminando de hacer los últimos retoques de maquillaje, arreglándose las pelucas, vocalizando, dando pequeños saltitos en el lugar sacudiendo el cuerpo para liberar esa inyección de adrenalina que se siente antes de salir a escena. Como decía la canción, antes de abrir la puerta para ir a jugar. Y yo, que de este lado sigo saludando y sonriendo, abrazo esa emoción que me genera el volver a verlos. Me doy cuenta. Voy a sentir el musical otra vez. Estoy presente. Entonces, bajo la mirada un segundo y me seco la lagrimita que explota en señal de felicidad.

¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!.

Estamos adentro. Las luces se apagan y empieza la magia. Durante una hora y media un grupo de amigos juega y mientras lo hacen a mí se me eriza la piel, literal. Me hacen llorar, me hacen reír. Grito, aplaudo, vuelvo a gritar. Los miro bailar, cantar, actuar… tan grandes, tan protagonistas, tan cambiados. Y cuando termina, no puedo más de la emoción. La plenitud de ellos llega hasta donde estoy sentada. Sus caras y cuerpos transpirados expulsan cataratas de éxtasis. Se nota desde abajo. 

Y aunque todos creen que esas gotas saltan del cuerpo por culpa del calor, yo sé que no. Yo sé que eso es el cuerpo emocionado por volver a ser un chico que juega otra vez. Es esa felicidad y adrenalina que sentimos cuando aprendimos a andar en bicicleta sin rueditas. O cuando llegábamos al cielo en la rayuela. O cuando agarrábamos todas las payanas del piso antes que cayera la que había tirado al aire. Como cuando nos vestíamos con los tacos de mamá y le arruinábamos todo el maquillaje. O como ellos que se vestían de Batman y Robin y eran superhéroes tirándose del tobogán. Sí, esa misma feliZidad.

Cuando salen todos, exhaustos, yo los estoy esperando para saludar. Nico está empapado pero nos cruzamos en un abrazo. Él agradece mi presencia, yo su entrega. El resto va saliendo de a poco y nos pegoteamos, nos pasamos la transpiración unos a otros. Un disparate de fluidos y emociones.

Camino a casa repaso mentalmente qué juego me gustaba más de chica. El elástico. No! la payana. No! la mancha. Sí, eso, la mancha. En la esquina miro el hombrecito rojo inmóvil. No. Los ojos se me vuelven a mojar y me sincero en silencio: cantar y bailar adelante del espejo.

Sacudo el pelo suelto, los rulos se bambolean, sigo caminando y sonrío. Estoy acompañada de mi sombra que tiene dos colitas en el pelo y unos zapatos de taco alto que me quedan grandes.

Qué calor en la ciudad pero qué linda manera de terminar este 2013.



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