Lo importante en la final

Hace exactamente un mes atrás, comenzando el mundial, exigía – bueno, quizás no tanto -- deseaba: “Que el fútbol no tape lo más importante y que lo más importante no sea el fútbol”. Más esperanzada aún, deseaba que todos tengan una ¡Feliz Experiencia Mundialista 2014!.

Lo que pasó ya todos lo sabemos. Los medios de comunicación, las redes sociales, la calle, la gente se encargó de analizarlo y compartirlo. Desde que terminó el partido nuestros sentidos se llenaron de intentos por aplacar el dolor de una derrota futbolística intentando curar algo dañado. Hubo quienes prefirieron el análisis socio-político de lo que pasó en el Obelisco, otros subieron fotos de lo que fue una linda fiesta antes que pasara lo que pasó, otros hablaron, enaltecieron y agradecieron a la selección de fútbol y a sus jugadores, se sintieron orgullosos de ser Argentinos y lo compartieron y gritaron con fuerza. Otros guardaron las remeras de algo que sólo nace y vive un mes cada cuatro años y, en el opuesto exacto, se escucharon lágrimas y corazones rotos de los que sudan, respiran, aman y viven fútbol día a día. La mayoría se sintió orgullosa de ser argentino por una selección de fútbol. Muchos otros se quejaron y se quejan de exactamente lo mismo.

Lo que pasó ya todos lo sabemos. En menos de 24 Hs. la mayoría de los argentinos intentaron explicar lo inexplicable. Poner en palabras lo que no se puede o no se deja. Desde hace menos de 24 Hs. la mayoría de los argentinos quiso darle sentido a lo que les pasó por el cuerpo, por la cabeza, por el corazón y por el alma los últimos 30 días. Bueno y malo.

Lo que pasó ya todos lo sabemos. En un mes, en menos de 30 días, la mayoría de los argentinos experimentaron lo que genera un mundial de fútbol. Se volvieron a juntar con amigos, activar las picaditas y las cervezas para renovar el vínculo y ponerse al día. Aprovecharon para comer el asadito o las pastas domingueras en familia mientras alentaban a un par de pibes y escupían (probablemente) las miguitas de las facturas y los mates de la vieja enajenados en pasión. En los últimos 30 días un puñado de argentinos se dio cuenta que sus compañeros de laburo también pueden ser copados y que un chiste puede hacer que la oficina explote en carcajadas, esas que sacuden las penas momentáneas y saltan las lágrimas. La generación -24 pudo saborear qué es llegar a una final mundialista. Qué se dice, cómo se vibra y dónde se siente sin que te lo diga Brasil. Así pues, 30 días bastaron para que todo aquel que tuviera ganas se dejara llevar.

Lo que pasó fue lo importante. Tuvimos 30 días para renovar vínculos. Crear nuevos. Revivir tradiciones perdidas. Experimentar sentimientos y emociones. Lo que vivimos en los últimos 30 días no fue fútbol, fue folclore argentino. Sin embargo, y a pesar de toda esta emoción, mi nena más racional, la que me baja a tierra y me dice que el mundial de fútbol terminó y que hay que volver a la rutina, también me recuerda que con todo esto vivido y experimentado en los últimos 30 días tenemos que hacer foco en lo importante, eso que nada tiene que ver con ganar o perder un partido de fútbol.

En 4 años volvemos a tener una nueva oportunidad. Y como en la vida misma será cuestión de barajar, dar de nuevo y volverse a arriesgar.

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